En nuestra estadía en Rufino los planes cambiaron, los tiempos se habían dilatado mucho, ya no encontraríamos a nuestra amiga en Valparaíso y por otro lado íbamos a Chile porque una de las viajeras se quedaba allá. Por suerte tuvo la prudente idea de llamar y así supo que su amiga no estaba en casa porque habían internado a su madre lo cual, después nos enteramos, no fue cierto. En realidad había sido atendida telefónicamente por la hermana de su amiga y como a esta ultima no le caía bien nuestra viajera, inventó tal historia… como verán un viaje con muchos ribetes y con un estilo de novelas de la tarde. El asunto fue que subimos para Córdoba y tras una noche en que nos agarro una lluvia que, ni las escobillas limpia parabrisas ni las luces del falcón ni la vista de quien escribe daba a basto, la suerte toco de tal forma que era responsable de llevar adelante la maquina sin ver en el pleno sentido literal la ruta… bueno por su puesto que cuando vimos una estación de servicio paramos, pero fue un triunfo llegar hasta ahí. También habría que contar que en Rufino nos agarro una tormenta con carácter de huracán. Se ve que en febrero las condiciones meteorológicas son complicadas, habría que sumar que días después vino el terremoto en Chile.
Llegamos a Nono donde nos alojó cariñosamente una pareja de artesanos. Después nos fuimos para San Miguel de los Ríos, bello lugar, donde se concreto la separación del grupo viajero.
A la mañana Salimos Sheila, yo y la lluvia, en realidad nos agarro en una caminata hacia la estación de servicio donde íbamos a hacer dedo. Luego de cambiarnos en un refugio nos tomamos un cole a Sta. Rosa de Calamuchita. La compañera lluvia insistía, no teníamos donde ir, entonces hablo con Rolando por celular: “anda a lo de Marzio, seguro él te aloja” me pasó el número. Lo llame, del otro lado respondió una voz “vengan, les dejo las llaves escondidas en las plantas”
Por la noche llegamos a Córdoba capital, de ahí a Arguello, el cole nos dejó en una zona oscura. Empezamos a caminar ¿Cuál seria la casa del tal Marzio? La ansiedad y el cansancio nos malhería. ¿Será esta, será esa otra? Jugábamos a adivinar cual seria la casa. Así caminamos varias largas cuadras con las mochilas, cabe aclarar que hasta esa parte del viaje era el auto quien las llevaba. Al principio parecía francamente imposible andar con semejante peso en la espalda. Una cuadra antes de llegar preguntamos en una potencial casa de Marzio y nos dieron instrucciones precisas, era al lado de una gomería. Al fin llegamos, nos encontramos con un porche lleno, llenísimo de macetas con plantas y cactus. Tuve la sensación entonces de estar en uno de esos juegos de la tele que tenés que encontrar la llave para irte a Bariloche o ganarte el 0km. Frente a nosotros, como un campo minado de posibles escondites, nos debíamos topar con “la llaves” que, dadas las circunstancias significaban mucho: descanso, comida, ducha, baño…
Comenzó una intrépida e ininterrumpida búsqueda sostenida durante 45 minutos tras los cuales empezamos a pensar que, “quizás” no las encontraríamos. Llamamos varias veces a Marzio pero no contestaba, hasta Rolando intentó por celular guiarnos en la infructuosa búsqueda: “fíjate a la izquierda en unas macetas que están a la altura de la mirada…” nada.
Recurrimos al vecino gomero, le explicamos la situación, le dejamos las mochilas y fuimos a comer algo. Al volver el vecino tomo cartas en el asunto y personalmente se puso a buscar las llaves que se resistían a ser encontradas…
Oscar (el gomero vecino) dijo: “el Marzio deja sin candado el portón, si querés te hago pata, pásate al otro lado y fíjate. Tras la exitosa maniobra comprobé al menos dos cosas:
1) el portón no tenia candado
2) el gomero manejaba información cierta sobre los movimientos de su vecino.
El pasaje del portón no fue tan sencillo. Del otro lado me esperaban cactus sobre una plataforma de madera redonda, un carretel de cable que por mi peso se desequilibro y quiso la ley de gravedad, en todas las acepciones de la palabra, que la pinchuda planta viniera hacia mi pierna…
Dejamos una nota a Marzio diciéndole que esperábamos que no le molestase el improvisado campamento en el patio de su casa.
Por la mañana sentimos ruidos, al levantarnos encontramos la llave con una nota y una casa llena de escrituras en las paredes, de los diferentes huéspedes que habían pasado por allí. Felices de tener una casa, de sentirnos recibidos nos preparamos unos verdes y con unas facturas nos instalamos en la vereda. Con la luz del sol pude apreciar con claridad lo que a la noche me había parecido ver: un Citroën 2 CV se erguía frente a nosotros con los signos vitales intactos, muy bello, uno de los primeros que salió: manijas originales, volante de chapa, pedalera al piso, modelo que aun no traía vidrios entre la puerta trasera y el baúl, del año 1961… ya hablaremos en otro capitulo de esta maravilla de la ingeniería, pero pretendo terminar el relato.
Lo mirábamos. Lo contemplábamos. Empezamos a soñar con viajar en él (recuérdese además que recién iniciábamos el viaje con las mochilas y el inmediato pasado de viajar en auto nos condenaba).
El dueño de casa no estaba pero fue el vecino quien nos pasó un parte con los datos que necesitábamos. El Citroën estaba en venta a un precio accesible a nuestro presupuesto, no sin hacer ciertos malabares podríamos adquirirlo. Tenia el motor nuevo, cosa entusiasmadora. Fueron momentos de ansiedad, Marzio seguía sin dar respuesta a los llamados. Nosotros construyendo ilusiones, imágenes oníricas, paradisiacas de un vehículo que nos transportaría a nosotros y lo mejor: a nuestras pesadas mochilas, además yo tenía mucho dolor de ciática (más adelante me enteraría que “mucho dolor” era otra cosa).
A la tarde fuimos al centro de Córdoba, nos encontramos con una ciudad enorme, mareante y apurada. A la noche volvimos a la casa, habíamos recibido un mensaje sobre las llaves y su escondite; no las encontramos, golpeamos la puerta, apareció frente a nuestros ojos el tal Marzio, una imponente figura de 1.9mts con evidentes marcas de estado anterior de reposo. Bromeamos con lo corpóreo de nuestro anfitrión, ya no era un mito, él estaba ahí. Nos moríamos de ganas de preguntarle sobre el auto (algunos afirman que el citro no es un auto en sentido estricto, ya se vera) pero era muy tarde así que quedaría el asunto para mañana.
Nos despertamos. Sonaba música a un volumen suficiente como para pensar que había una voluntad ajena, que deseaba que los durmientes del living cesaran en su descanso. Nos levantamos, yo estaba tan nervioso que no lo podía encarar, fue Sheila que livianamente empezó a contarle con lujo de detalle nuestros planes para con él -el Citro-. El gigante dio pie citando la introducción del relato: “dale contarme, me gustan los delirios”. Luego de escuchar con atención declaró: “miren chicos, yo al Citroën no lo vendo porque es una pieza de colección, si lo tengo que vender me dan dos mangos, además lo quiero para cuando Mora –su hija- sea más grande. El Citroën no está a la venta… si quieren se los presto, no hay problema, se lo llevan. Al citro le vendría bien un viajecito, me lo traen dentro de 4, 5 o 6 años, lo que necesiten…”
Hasta entonces el entrenamiento mental puesto en práctica para controlar la ansiedad había ensayado adelantar dos respuestas posibles: 1) lo vendo. 2) no lo vendo… o hasta inclusive un “se los regalo” en ultimísimo caso, pero esta nueva posibilidad “préstamo” no había sido contemplada en imaginación alguna. El factor sorpresa opero dejando momentáneamente sin palabras a los sorprendidos. El viaje, una vez más, tomaba un nuevo rumbo. Lo primero que pensé fue “no, porque me voy a encariñar con él y después se lo voy a tener que devolver” era como una adopción pasajera de un importante compañero de viaje.
Lo pensamos un rato aprovechando que Marzio había salido. Decidimos finalmente que si, entonces nos contó que él no era titular y que el mismo se encontraba en
Necesitábamos alojarnos unos cuantos días en Córdoba para encontrar a Roberto y poner la nave en condiciones. Recurrimos a Gandoy y nos pasó el cel de unos amigos en Unquillo (ya hablaremos de ellos más adelante) donde paramos algunos días. Antes tuvimos que hacer todo un trabajo de investigación por internet. Dimos con el teléfono de la farmacia. Una voz femenina respondió, nos dijo que Sandra, la prima de Marzio, no estaba pero que podía darnos el celular del hermano de Roberto. Llamamos varias veces y mandamos mensajes pero no había respuesta. Al otro día volvimos a llamar a la farmacia, la misma voz, insistí por Sandra pero me explico que no iba a ser posible hablar con ella porque estaba internada en terapia intensiva, en cambio me dio el celular de la hermana de Roberto, Maiti. Dimos con ella y quedó en averiguar el número de Roberto. Le dijimos que ni bien tuviera novedad nos avise ya que nuestros días en Córdoba tenían el fin de dar con Roberto. Los días pasaban y no había noticias, mi salud empeoraba así que decidimos seguir viaje.
En San Miguel de los Ríos había aparecido una “agüita” que salía de mi oído izquierdo. Al principio la adjudique a restos de agua del buceo, pero al promediar los tres días sin contacto con el rio, el “agüita” se volvió francamente sospechosa. Mi oído supuraba y esto significaba una verdadera bomba de tiempo. Me presenté en la salita donde un medico joven con aspecto de viejo me explico “todavía no es nada pero fíjate que debe tener olor a podrido ese liquido. El tímpano se agujereo y esta supurando. Te voy a dar una medicación para cortar la infección porque si no se te puede ir a la cabeza. Te agarra meningitis y hasta podes morirte”.
Creo que el relato del médico buscaba impresionar, calculo que con el objetivo de que me tome el asunto en serio y me cuide, el medico continuo “viste que los viejos son sordos, bueno, vos vas a ser mas sordo todavía que lo normal de la edad. Por cada supuración se te hace una cicatriz que endurece el tímpano”.
Cabe decir que luego de la visita a este medico comencé con la obsesión de oler aquel liquido que brotaba de mi oreja, jamás sentí el olor a podrido. Invite varias veces a mi compañera a que prestara el olfato para la causa pero nunca accedió a mi pedido. Esperando mi turno había escuchado el estilo trágico de este hombre para explicar los procesos de enfermedad, haciendo una comparación del hígado con una esponja. Lo peor no fue eso sino que, más allá de los cuidados, el profesional no acertó del todo con el tratamiento. Fue solo un tiempo que el oído dejo de supurar. Tras unos días el “agüita” reapareció, también mi cuerpo estaba dando batalla al dolor del nervio ciático ayudado por los inyectables provistos por la guardia del hospital.
Estando en Unquillo el dueño de casa nos llevo de paseo a una singular capilla y fue a la vuelta que un tremendo dolor me atacó de golpe. Mi oído izquierdo parecía explotar, era como si un ser invisible clavara sin piedad un tramontina hasta lo más profundo del tímpano. Cada sonido, cada ladrido de perro era un dolor insoportable. Al otro día fuimos en búsqueda de un otorrinolaringólogo (que palabra larga dios mío) y conseguimos uno que me atendería por la tarde. Hubo que viajar a Rio Ceballos. La clínica, al estilo doctor Tangalanga -nunca lo vi, creo que es un tipo que hace chistes ¿por teléfono?-. ¡Es más! creo que me atendió el mismísimo Tangalanga, que me informo “hay que hacer una limpieza de conducto, son 100 pesos más que te tengo que cobrar, es tu decisión: ¿lo hacemos?” pregunta por demás cruel teniendo en frente un paciente que entregaría el alma al diablo con tal de no sentir más dolor. Dije: “y si doctor, ¿Qué voy a hacer? ¿Dejar que se me pudra el oído?
Luego de aceptar y esperando un procedimiento de cierta complejidad, dada la alta tarifa que en el mismo momento, dentro del consultorio, el mismísimo medico cobró –cosa que hacia pensar lo irregular del arreglo- el doctor sacó un alambre al que le puso una gasa en la punta y comenzó a introducirlo en mi oído… vi las estrellas, ahí en el ojo de la inflamación se revolvía la precaria herramienta, en el centro mismo del dolor chapoteaba el maldito alambre enroscándose en el tímpano. “Pero vos sos gaucho de allá de los pagos de Gato y Mancha!!! Aguante gaucho!!!” exclamaba.
Salí de la clínica con un terrible aturdimiento, luego me di la pichicata recetada que sumada a la tarifa del lavado de conducto castigaba y reducía nuestro maltrecho presupuesto viajero.
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